¿Podría ser el escándalo de corrupción borbónica y la renuncia del príncipe Harry & Meghan el inicio del fin del sinsentido monárquico? #RepublicaEn2020

Siempre me ha obsesionado el momento cero de la(s) monarquía(s). No el contexto histórico o geopolítico en el que surgieron, sino los primeros minutos de vida de cada estirpe real. Obviamente, la monarquía no está en la naturaleza, y por lo que sabemos, tampoco tiene un origen divino. Y además, tuvo que tener un primer segundo: todo debió empezar con alguien en una habitación diciendo “yo seré vuestro amo, me llamaré rey y vosotros seréis mis súbditos y los de todos mis descendientes por los tiempos de los tiempos”. Y por alguna razón, aquello funcionó. Salió bien. Caló. Y solo por el hecho de haber llegado a la actualidad, la podemos calificar como la mejor operación de marketing de la historia.

No ignoramos que, evidentemente, fuerzas represoras y coercitivas fueron las protagonistas en la creación y consolidación de esa situacion y relato, pero aún asi, que muchísimas personas, víctimas de una especie de síndrome de Estocolmo permanente, cayeran de lleno en el cebo y convirtieran a esas sagas reales en semi deidades a las que mantener, apoyar, adorar (y alimentar) por Dios sabe que razón casi 3.000 años más tarde, es cuanto menos, sorprendente visto con perspectiva.

A sabiendas de que en el futuro estudiarán la longevidad de este fenómeno con una condescendiente fascinación, lo cierto es que la gran pregunta es hasta cuándo durará esta broma que ya ha durado demasiado y que implica de lleno, aún hoy, incluso a países tan variopintos como Noruega, Suecia, Dinamarca o Bélgica, por citar algunos geoestratégicamente cercanos.

En el caso de España, mientras se formaba el gobierno más “abiertamente” republicano desde la llegada de la democracia, explotaba la noticia bomba internacional de la renuncia voluntaria de los populares Meghan Markle y el príncipe Harry a seguir siendo miembros de la monarquía británica para, literalmente, “llegar a ser financieramente independientes”. La noticia, que sentó como un tiro a The Firm (tal y como se conoce mediáticamente a la familia real en Reino Unido) y levantó una fuerte polémica global sobre las razones detrás de la misma y del sentido y la vigencia de la monarquía hoy en día.  Aunque estaba claro que una actriz de primera línea no podría encajar en la anacrónicamente encorsetada y teatral vida palaciega (en su anterior trabajo, al menos podía dejar de actuar en algún momento), el fondo y las formas han abierto un debate aún más profundo.

No obstante, lo más impactante es que en plena crisis del coronavirus, se confirmaba formalmente (desde la misma casa real) lo que todos ya (fuertemente) intuíamos: y es que era el mismísimo rey de España el que corroboraba mediante una nota oficial que su padre gestionaba un trono de corrupción sistémica que había amasado fortunas ilegales procedentes de régimenes autoritarios como Arabia Saudí. Por ello y como gesto de cara a la galería (ya que legalmente no es posible en vida del heredante), Felipe uve palito renunciaba a toda la herencia de su padre (irónicamente curioso en el único cargo público que se adquiere vía genética en una “democracia” – si es que esto último es conceptualmente compatible-), deslegitimando así de facto la única fuente de “legitimidad” de su “puesto de trabajo”: ser el hijo de su padre – nota al lector: es realmente difícil no abusar de las comillas hablando de la monarquía-. Por supuesto, no gastaremos tiempo en valorar la fuente de “legitimidad” anterior del Rey emérito Juan Carlos I.

Días después de las turbias confirmaciones, el rey Felipe se dirigía de manera excepcional a los españoles, dentro de una de las crisis globales más serias de las últimas décadas, para realizar una comunicación oficial entorno a la crisis del COVID-19. A la misma hora, millones de españoles le contraprograman con una cacerolada protesta más ideológicamente transversal de lo que podría parecer en Twitter. Y es que la indecencia de la visible corruptela real en contraste con miles de personas muriendo por falta de medios médicos en el país resultaba una combinación letal que llevaba la paciencia de muchísima gente más allá de todo límite.

Todo ello,  unido a los escándalos anteriores (con Undargarín como titular) y a un mar de fondo que, aunque invisibilizado, no ha cesado de reivindicar el flagrante déficit democrático de la institución todo este tiempo (i.e. referéndums en las universidades, cese de valoración de la monarquía en las encuestas del CIS por su baja nota, posicionamientos políticos, etc.) ha convertido el reinado actual en una suicida huida hacia adelante que convierte a Felipe y a Letizia en las Thelma & Louise reales, a solo un acelerón del abismo.

Asimismo, este panorama nos invita a pensar que podríamos estar ante el comienzo del final de la monarquía tal y como la conocemos. Y es que, aunque blindada constitucionalmente, su suerte en este estado no se puede alargar para siempre y en cualquier momento se tiene que encender la llama republicana, el 2020 tricolor, que acabe con esa inconsciencia de una vez por todas.

Sin embargo, la manera más sencilla de llegar a esa meta sería otra. Por ello, aunque improbable,  invitamos a los monarcas a la reflexión. A escuchar su voz interior que bien seguro les dice , a veces, “esto no tiene ningún sentido”. Que la hagan valer, que renuncien, que abdiquen por el sinsentido que son y que representan. Que abandonen su puesto como se debe abandonar algo que no te pertenece y nunca te perteneció en realidad. Que reconozcan que no existe legitimidad real, solo ficticia. Pura ciencia ficción y dogma de fe terrenal. Y si quieren seguir trabajando por su país, que lo intenten por vías democráticas. O mejor que lo dejen y sean libres por fin, pues no hay peor castigo en realidad que vivir fingiendo todo el tiempo.

Todos sabemos que nadie puede tener ningún cargo público por herencia. Es de pura lógica y de parvulario de democracia y sentido común. No hay historia, excusa ni constitución que lo tape. Y aunque tanta gente inteligente y en tantos países diferentes, lo apoyen o permitan (por acción u omisión), en algún momento tendrá que caer por su propio peso.

Es una verdad que está en el aire, un elefante moribundo de Botsuana en la habitación, pero que se resiste, aguanta y aguanta, atada, bien atada.

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